COMO VIVIR LA SALUD, LA ENFERMEDAD Y LA MUERTE
La
sociedad actual, al mismo tiempo que exalta la salud física y psicológica,
promueve un estilo de vida insano. La carencia de valores, el vaciamiento
ético, el consumismo abusivo, la banalización del sexo, el vacio interior, las
diversas patologías de la abundancia, el amplio abanico de drogas, etc… impiden
a no pocos vivir de manera sana. Por otra parte, los hombres y mujeres de hoy,
en la mayoría de los casos, no están preparados para asumir la enfermedad, el
dolor, la vejez y la muerte en su propia vida o en la de los suyos.
1).
Vivir la salud. La salud es uno de los bienes fundamentales
del ser humano y constituye una de sus aspiraciones permanentes. En nuestra
sociedad del bienestar observamos actitudes contradictorias ante la salud: se
exalta e idealiza el vigor y la salud física y se olvida la salud afectiva,
mental y espiritual: se destinan medios y esfuerzos para mantener y recuperar
la salud y jugamos con ella irresponsablemente viviendo y fomentando un estilo
de vida poco sano: vida ajetreada, incomunicación, tabaco, droga, alcohol,
accidentes de tráfico, consumismo, contaminación, etc; disponemos de medicinas
y hospitales sofisticados pero dependemos más de ellos y nos sentimos menos
responsables de nuestra salud.
Jesús y la salud.- Jesús no hizo un discurso acerca de la salud pero su persona, sus intervenciones sanadoras, sus gestos, sus palabras, toda su actuación y su vida son saludables, es decir, despiertan y promueven la salud del ser humano y de la comunidad. Jesús irradia salud amando, liberando a las personas de aquello que les oprime, poniendo paz y armonía en sus vidas y fomentando una convivencia más humana y fraterna.
Jesús nos invita a vivir “sanamente” la salud, como un don de Dios que hemos de disfrutar y cuidar y no como un absoluto al que hayamos de subordinar todo. La salud es para el hombre y no el hombre para la salud. Gastar y perder la salud al servicio del Evangelio es también una forma sana de vivir nuestra salud. Jesús entregó la suya en la cruz como expresión suprema de su fidelidad a Dios y de su amor a los demás y de ella brota la salvación.
Jesús nos invita a vivir “sanamente” todas las realidades de la existencia, incluso las dolorosas y adversas como la enfermedad. Jesús es la salud y seguirle es una de las maneras más sanas y gratificantes de vivir.
La Iglesia y la salud.- La Iglesia está llamada a realizar hoy un servicio inapreciable a la salud de los individuos y de la sociedad. Cuenta, para ello, con recursos que son fuente de salud: la persona, el mensaje y la presencia saludable de Jesús: la fuerza vivificante del Espíritu; la Palabra que ilumina y da sentido; la oración y los sacramentos que abren a la experiencia sanante del encuentro con Dios; sus comunidades que son lugar de encuentro de sanos y enfermos y ámbito de libertad y solidaridad.
2)
Vivir la enfermedad. La
realidad de la enfermedad y del dolor forma parte de la experiencia humana y es
vano, además de equivocado, tratar de ocultarlo o descartarlo. Se debe ayudar a
cada uno a comprender, en la realidad concreta y difícil, su misterio profundo.
En medio de una cultura que valora la vida (ciertos estilos de vida) y la salud
por encima de todo, y que oculta y rechaza el dolor como algo inútil y absurdo,
no es fácil afrontar los sufrimientos que ocasiona la enfermedad y vivirlos de
manera sana y constructiva.
El hombre de nuestro tiempo no busca ni admite explicaciones al sufrimiento. Exige, apoyado ciegamente en las posibilidades de la ciencia y de la técnica, que sea eliminado a toda costa y cuanto antes.
Cuando el sufrimiento se torna crónico o inevitable, no sabe qué hacer, se ve sólo ante el mismo y desprovisto de recursos para afrontarlo y asumirlo como una posibilidad de crecimiento humano y espiritual.
Jesús maestro en el sufrimiento.- La contemplación de la conducta de Jesús con los enfermos y de su propia muerte y resurrección nos revela su actitud ante el sufrimiento: Jesús rehuye el discurso y las explicaciones teóricas y lucha contra él y trata de quitarlo o aliviarlo.
Ante el sufrimiento sobre todo en la hora de su Pasión, siente miedo y angustia, busca compañía y consuelo y pide ser liberado del mismo. EL Padre no le preserva del sufrimiento pero está con Él, sufre con Él y le ayuda a vivirlo como expresión de su fidelidad a Dios y su amor a sus hermanos. De hecho, en medio de su dolor, Jesús se preocupa de su madre, perdona a los que le matan, atiende la súplica del buen ladrón y, cumplida la misión, entrega confiadamente su vida en las manos de Dios. Y Dios, resucitándole, nos dice que el sufrimiento no tiene la última palabra, sino que el amor vence a la muerte y nos une con el Cristo glorioso a la espera de la re- surrección definitiva.
3) Vivir la muerte. La cultura actual oculta, silencia e ignora
la muerte. Pero es una realidad innegable que la muerte forma parte de la vida.
Antes o después nos encontraremos con ella y tenemos que encararla: el amigo
que muere en accidente, el familiar cercano que se va apagando poco a poco en
casa o en el hospital, el vecino que murió de repente, el diagnostico de la
enfermedad grave. Hoy es más difícil que en otras épocas afrontar la muerte,
vivir el morir y ayudar a los otros a que tengan una muerte digna.
Jesús y la muerte.- Jesús ama la vida pero no le deja indiferente la muerte. Se conmueve ante la viuda de Naín que va a enterrar su hijo único y llora la muerte de su amigo Lázaro. Jesús no esquiva su propia muerte, pudiendo hacerlo, sino que la afronta de manera consciente y libre, “Nadie me quita la vida, soy yo quien la da” (Jn 10,18 ). Jesús acepta la muerte por fidelidad al Padre y por amor a nosotros. Pero no fue fácil para Él aceptarla. A la hora de la verdad, en trance tan decisivo, siente miedo, angustia y rechazo, se ve sólo, rechazado por su pueblo y abandonado de sus amigos más íntimos, y experimenta el fracaso y el abandono hasta del Padre. En ese momento terrible es capaz de poner su vida confiadamente en las manos de su Padre. Y la señal de que el Padre estaba junto a Jesús en la cruz, de que hacía suyas las actitudes y toda la obra del Hijo, de que su muerte es salvación y vida para la humanidad, es la Resurrección.
El cristiano y la muerte.- En Jesucristo resucitado por el Padre, descubrimos el sentido de la muerte y la experiencia de una vida nueva en la que morir a los egoísmos para abrirnos al amor al hermano, es anuncio y participación de su feliz resurrección.
Jesús es modelo y referencia para el cristiano en la vida y en la muerte. En Él aprendemos a morir y a cultivar en nuestras vidas actitudes que conducen a una muerte cristiana. La muerte, como acontecimiento decisivo de la existencia humana, no se improvisa. Hemos de mentalizarnos para asumir el hecho de nuestra propia muerte y prepararnos para una muerte cristiana desde una vida que imita la de Jesús. Hemos de alentar en nosotros la esperanza de la resurrección en un mundo en el que muchos hombres viven cerrados a la transcendencia, como si esta vida fuese la única definitiva. Hemos de vivir como resucitados, como hombres que han pasado de la muerte a la vida, amando a los hermanos. ( I Jn. 3, 14). Y hemos de dar signos de vida en una sociedad en la que hay tantos signos de muerte, en forma de guerras, odios, hambre, injusticias e insolidaridad, y combatirlos ayudando a que sus víctimas resuciten a una vida digna del hombre y de la mujer, creados por Dios a su imagen.
Para
una reflexión personal y en grupo
- ¿Qué te ha llamado más la atención de Jesús en su manera de colocarse ante la salud, sufrimiento y muerte?
- ¿Cómo afrontamos nuestros sufrimientos?
- ¿ Cómo vivir los sufrimientos al estilo de Jesús?
ORACIÓN
Señor, danos un corazón limpio
Para que podamos ver.
A Ti abrimos los proyectos y planes
De esta reunión: Acompáñanos.
A Ti ofrecemos lo que somos
Y lo que tenemos: Acógelo
A Ti, que eres Dios de la Vida,
Te pedimos tu fuerza : Anímanos.
Que nuestros corazones
Se alegren y regocijen hoy
Porque todo lo esperamos de Ti.
Bendice, Señor, esta reunión
y guíala por tu camino. Amén.
Cortesia Hermana Carmen Simón, Tenerife.

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