Pastoral de la Salud Diócesis de Huesca
PASTORAL DE LA SALUD – DIÓCESIS DE HUESCA
viernes, 9 de febrero de 2018
viernes, 2 de febrero de 2018
MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA JME 2018
MENSAJE
DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2018
PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2018
Mater
Ecclesiae: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre.
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27)
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27)
Queridos hermanos y hermanas:
La Iglesia debe servir siempre a
los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al
mandato del Señor (cf. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13),
siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro.
Este año, el tema de la Jornada
del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su
madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre. Y desde
aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27).
1. Estas palabras del Señor iluminan
profundamente el misterio de la Cruz. Esta no representa una tragedia sin
esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus
últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la
comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo.
En primer lugar, las palabras de
Jesús son el origen de la vocación materna de María hacia la humanidad
entera. Ella será la madre de los discípulos de su Hijo y cuidará de ellos
y de su camino. Y sabemos que el cuidado materno de un hijo o de una hija
incluye todos los aspectos de su educación, tanto los materiales como los
espirituales.
El dolor indescriptible de la
cruz traspasa el alma de María (cf. Lc 2,35), pero no la paraliza. Al
contrario, como Madre del Señor comienza para ella un nuevo camino de entrega.
En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María
está llamada a compartir esa misma preocupación. Los Hechos de los Apóstoles,
al describir la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, nos muestran
que María comenzó su misión en la primera comunidad de la Iglesia. Una tarea
que no se acaba nunca.
2. El discípulo Juan, el
discípulo amado, representa a la Iglesia, pueblo mesiánico. Él debe reconocer
a María como su propia madre. Y al reconocerla, está llamado a acogerla, a
contemplar en ella el modelo del discipulado y también la vocación materna que
Jesús le ha confiado, con las inquietudes y los planes que conlleva: la Madre
que ama y genera a hijos capaces de amar según el mandato de Jesús. Por lo
tanto, la vocación materna de María, la vocación de cuidar a sus hijos, se
transmite a Juan y a toda la Iglesia. Toda la comunidad de los discípulos está
involucrada en la vocación materna de María.
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