Pastoral de la Salud Diócesis de Huesca

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jueves, 30 de octubre de 2014

SUICIDIO. ¿CÓMO SE SOBRELLEVA EL DUELO DE ESTE TIPO DE PÉRDIDAS? ¿ES POSIBLE SEGUIR ADELANTE?



¿CÓMO SE SOBRELLEVA EL DUELO DE ESTE TIPO DE PÉRDIDAS? ¿ES POSIBLE SEGUIR ADELANTE?

Aunque cada persona sobrelleva el luto de diferente manera, existen ciertos patrones típicos del duelo. Al principio del proceso, la experiencia inicial puede ser de choque. A menudo los  sobrevivientes reaccionan con incredulidad ante la noticia de que un ser querido se ha suicidado, e incluso a veces continúan negándolo, creyendo quizás que la muerte no ocurrió o sintiendo que los sucesos son irreales. La culpa y la vergüenza que muchos experimentan después de un suicidio puede intensificar el duelo y volverlo más difícil de manejar que en otro tipo de pérdidas. La intensidad del dolor puede causar que algunos de los sobrevivientes se aíslen. Aunque a corto plazo puede tratarse de una estrategia autoprotectora para sobrevivir, el aislamiento social continuo puede empeorar los problemas y retrasar la curación. 


El letargo emocional es otra reacción típica del inicio del duelo por suicidio. Es la forma en que el cuerpo ayuda al sobreviviente a tomar las decisiones necesarias y cumplir con las tareas que deben realizarse, como realizar los arreglos del funeral y hablar con otros deudos. Mientras que para los observadores del exterior puede parecer que el sobreviviente lo enfrenta muy bien, algunos pueden sentirse culpables de su capacidad para ocuparse de asuntos prácticos inmediatamente después del suicidio y de su incapacidad para llorar, cuestionándose incluso su amor por el que se quitó la vida. Por otro lado, algunos sobrevivientes pueden ver a un amigo o familiar que parece estar más afligido, lo que también conduce a sentimientos de culpa o de juicio crítico por parte de otros. El letargo emocional puede ceder en unos días o semanas, y durante los próximos años puede ir y venir, pero en cierto punto, es probable que las emociones dolorosas tomen el control mientras el proceso de duelo progresa. Sin embargo, si el letargo se prolonga durante meses después del suicidio, puede ser un indicador de que la persona debe buscar ayuda profesional de un médico o de un terapeuta de salud mental.

La confusión es otra reacción común al inicio del duelo por suicidio. A veces, la  naturaleza inesperada y repentina de la muerte por suicidio de un ser querido hace difícil comprender la realidad y permanencia de la situación. Pueden ocurrir problemas de memoria y concentración y puede desencadenarse angustia y miedo, causando que el sobreviviente se vuelva excesivamente suspicaz o cauteloso y esté constantemente en espera de que suceda algo malo porque de repente el mundo se ha convertido en un lugar inseguro.

Durante las primeras etapas del duelo tampoco es rara la negación. Ésta ayuda a algunas personas a sentirse como si tuvieran algún control ante la terrible realidad del suicidio. Parte de la aceptación de la realidad de la muerte es conocer los hechos exactos acerca de cómo ocurrió el suicidio, aunque para algunas personas puede ser difícil el simple hecho de pronunciar la palabra “suicidio”. La negación también puede manifestarse mediante un aumento de problemas físicos. Estas reacciones físicas pueden incluir llanto, arranques de emoción, agotamiento físico, problemas para conciliar el sueño, pérdida del apetito, dificultad de concentración, amnesia, jaquecas, náuseas, problemas digestivos y falta de motivación. A final de cuentas, incluso si el progreso es lento,  aceptar la difícil realidad de la muerte de un ser querido ayudará a los sobrevivientes a comprender que nadie posee el control sobre las acciones de los demás.

Los mecanismos temporales para enfrentar el suicidio son parte normal del proceso de duelo y no son un reflejo del amor o devoción por el difunto. La personalidad individual y los estilos para sobrellevarlo afectan el proceso de duelo y no todas las personas experimentan las mismas reacciones. Una vez más, es importante entender que la gente experimenta el duelo de diferentes formas y que el aparente nivel de aflicción no es el reflejo del amor por el difunto.

A medida que los primeros síntomas del duelo se aminoran, empiezan a emerger otras emociones. Debe recordarse que las emociones no son ni buenas ni malas. Es más bien lo que hacemos con ellas lo que les da una calidad moral (Catecismo de la Iglesia  Católica, 1767, 1773). El enojo y la rabia son reacciones comunes ante el suicidio. A menudo el deudo siente enojo consigo mismo o con el difunto por dejar a sus seres queridos con un legado de rechazo, traición, abandono y sufrimiento extremo. La culpa puede dirigirse contra quienes estaban en contacto con el difunto durante la época del suicidio, contra el sistema de salud mental y contra la sociedad misma por estigmatizar las enfermedades mentales y el suicidio. Pueden creer que el suicidio fue por rencor y tener dificultad para confiar otra vez después de tal golpe. Para algunas personas el rechazo confirma el sentimiento de que no son capaces de inspirar amor, afectando posiblemente su sentido de autoestima y conduciéndolos a aislarse de los demás para evitar el riesgo de ser heridos otra vez. Sin embargo, el aislamiento impide que el deudo pida ayuda. Además de estar enojados con el difunto, pueden simultáneamente extrañarlo y desearlo con una intensa tristeza y soledad. Al reaccionar ante su incapacidad para hacer cambiar su situación, muchos sobrevivientes experimentan sentimientos de impotencia y desamparo que pueden llevarlos a la impotencia y desesperación. Esta última puede consumir la energía para ocuparse de lo que les sucede a ellos mismos o a los demás y puede conducir a sentimientos suicidas.

El enojo, incluso con el difunto, es una reacción aceptable y comprensible. El enojo puede ser parte del proceso de curación y negar este sentimiento legítimo debido a un temor erróneo de que de algún modo está mal, solo retardará la curación. En realidad, la debida expresión y aceptación de los sentimientos de enojo facilitan la curación. Hablar con alguien comprensivo e imparcial, salir a caminar o correr, golpear una almohada o levantar pesas, llevar un diario de sus sentimientos, escribir (pero no enviar) cartas a  aquellos contra quienes se dirige el enojo, (el difunto, Dios u otras personas), son todas formas productivas de sobrellevar el enojo. Sostenga una conversación honesta con Dios acerca de estos sentimientos, sabiendo que su amor incondicional curará el enojo y le ayudará en la tarea del perdón.

Eliminar el sentido natural de alivio que experimentamos cuando nos despojamos de una fuente de tensión, como una relación tensa o un sufrimiento prolongado, puede ser tanto una fuente de culpa como el medio por el que un sobreviviente del suicidio se castiga a sí mismo por la responsabilidad que asume por la muerte. Los sentimientos de culpa también pueden despertarse por reír, pasar un buen rato o simplemente estar vivos mientras el ser querido está muerto. Además, algunos sobrevivientes quedan atrapados entre pesadillas y recuerdos, especialmente si presenciaron el suceso o encontraron al ser querido.

Puede que eviten tanto personas como lugares que les recuerden el suicidio, o revivan las imágenes en su mente una y otra vez. Los sobrevivientes del suicidio son más propensos a desarrollar depresión e incluso a suicidarse. Más aún, las relaciones familiares pueden sufrir mucho cuando no se resuelve el duelo. Es importante no ignorar estos sentimientos o negarse a sí mismos la libertad del duelo. Puede ser esencial el apoyo adicional para curarse y asegurarse de que no surgirán más problemas.
Finalmente, algunas personas pueden sentir cierto estigma con respecto al suicidio, mismo que surge de la preocupación de que otros puedan, de algún modo, verlas a ellas o al difunto como censurables o imperfectos. Los sentimientos de humillación, vergüenza y un deseo de esconder la verdadera naturaleza de la muerte pueden causar distanciamiento de los sobrevivientes para evitar preguntas difíciles o lo que ellos consideran una desaprobación. La investigación policíaca puede exacerbar sentimientos de vergüenza. Aunque la vergüenza no es una reacción rara, puede obstaculizar la capacidad de enfrentarse con sentimientos subyacentes y atrapar a sus víctimas en su vergüenza y aislamiento. Las personas que no han tenido la experiencia de perder a un ser querido por suicidio, a menudo no saben cómo actuar y pueden sentirse simplemente inadecuadas intentando evitar palabras que puedan causar dolor. Su  evasión, silencio e incomodidad pueden enviar inadvertidamente un mensaje de culpa por el suicidio. Un grupo de apoyo al duelo para sobrevivientes del suicidio puede ser de gran ayuda para lidiar con estas percepciones erróneas. Si no dispone de nada localmente, existen grupos a los que se puede acceder vía Internet, como GROWW (www.groww.org/Branches/sos.htm). (En España se cuenta con algunos medios como el teléfono de la Esperanza, o en algunas ciudades con Centros de Escucha que están avalados y dirigidos por los religiosos Camilos, entre otros). Si el sufrimiento físico y emocional se vuelve continuo, busque la ayuda de un médico o de los servicios de salud mental, en el mejor de los casos de alguien que comparta su misma perspectiva de la fe. Los pensamientos de autodestrucción requieren ayuda inmediata de un médico o un hospital. 

A veces la ayuda a corto plazo es suficiente para llevarnos a sobrevivir la parte más difícil de la crisis. La terapia familiar o de pareja también puede ser de mucha ayuda si las relaciones se han deteriorado por la culpa o el aislamiento.



Desafortunadamente, no existe un programa de duelo y cada persona posee su propio tiempo para el proceso de duelo. Algunos sobrevivientes esperan que el primer aniversario de la muerte de su ser querido les conceda la clausura de su duelo. Aunque se trata de un acontecimiento importante, rara vez marca el final del duelo. Si el primer año se pasa principalmente en letargo emocional, el segundo año traerá más  sufrimiento. Aunque un suicidio nunca se olvida por completo, inevitablemente el tiempo alivia la intensidad del sufrimiento y permite al sobreviviente seguir con su vida de manera saludable. Es esencial la paciencia amable con uno mismo y con otros que pueden seguir experimentando dificultades. Probablemente vendrán los “buenos días” que algunos sobrevivientes han descrito como las “vacaciones” del duelo. Los recuerdos de los seres queridos, que una vez estuvieron dominados por el suicidio, darán paso gradualmente a recuerdos de la plenitud y bondad de la vida del ser querido que murió.

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