¿CÓMO SE SOBRELLEVA EL DUELO DE ESTE TIPO DE PÉRDIDAS? ¿ES POSIBLE SEGUIR ADELANTE?
Aunque cada persona sobrelleva el luto de
diferente manera, existen ciertos patrones típicos del duelo. Al principio del
proceso, la experiencia inicial puede ser de choque. A menudo los
sobrevivientes reaccionan con incredulidad ante la noticia de que un ser
querido se ha suicidado, e incluso a veces continúan negándolo, creyendo quizás
que la muerte no ocurrió o sintiendo que los sucesos son irreales. La culpa y
la vergüenza que muchos experimentan después de un suicidio puede intensificar
el duelo y volverlo más difícil de manejar que en otro tipo de pérdidas. La
intensidad del dolor puede causar que algunos de los sobrevivientes se aíslen.
Aunque a corto plazo puede tratarse de una estrategia autoprotectora para
sobrevivir, el aislamiento social continuo puede empeorar los problemas y
retrasar la curación.
El letargo emocional es otra reacción típica del
inicio del duelo por suicidio. Es la forma en que el cuerpo ayuda al
sobreviviente a tomar las decisiones necesarias y cumplir con las tareas que
deben realizarse, como realizar los arreglos del funeral y hablar con otros
deudos. Mientras que para los observadores del exterior puede parecer que el sobreviviente
lo enfrenta muy bien, algunos pueden sentirse culpables de su capacidad para
ocuparse de asuntos prácticos inmediatamente después del suicidio y de su
incapacidad para llorar, cuestionándose incluso su amor por el que se quitó la
vida. Por otro lado, algunos sobrevivientes pueden ver a un amigo o familiar
que parece estar más afligido, lo que también conduce a sentimientos de culpa o
de juicio crítico por parte de otros. El letargo emocional puede ceder en unos
días o semanas, y durante los próximos años puede ir y venir, pero en cierto
punto, es probable que las emociones dolorosas tomen el control mientras el
proceso de duelo progresa. Sin embargo, si el letargo se prolonga durante meses
después del suicidio, puede ser un indicador de que la persona debe buscar
ayuda profesional de un médico o de un terapeuta de salud mental.
La confusión es otra reacción común al inicio del
duelo por suicidio. A veces, la naturaleza
inesperada y repentina de la muerte por suicidio de un ser querido hace difícil
comprender la realidad y permanencia de la situación. Pueden ocurrir problemas
de memoria y concentración y puede desencadenarse angustia y miedo, causando
que el sobreviviente se vuelva excesivamente suspicaz o cauteloso y esté constantemente
en espera de que suceda algo malo porque de repente el mundo se ha convertido
en un lugar inseguro.
Durante las primeras etapas del duelo tampoco es
rara la negación. Ésta ayuda a algunas personas a sentirse como si tuvieran algún
control ante la terrible realidad del suicidio. Parte de la aceptación de la
realidad de la muerte es conocer los hechos exactos acerca de cómo ocurrió el
suicidio, aunque para algunas personas puede ser difícil el simple hecho de
pronunciar la palabra “suicidio”. La negación también puede manifestarse
mediante un aumento de problemas físicos. Estas reacciones físicas pueden
incluir llanto, arranques de emoción, agotamiento físico, problemas para
conciliar el sueño, pérdida del apetito, dificultad de concentración, amnesia, jaquecas,
náuseas, problemas digestivos y falta de motivación. A final de cuentas,
incluso si el progreso es lento, aceptar
la difícil realidad de la muerte de un ser querido ayudará a los sobrevivientes
a comprender que nadie posee el control sobre las acciones de los demás.
Los mecanismos temporales para enfrentar el
suicidio son parte normal del proceso de duelo y no son un reflejo del amor o
devoción por el difunto. La personalidad individual y los estilos para
sobrellevarlo afectan el proceso de duelo y no todas las personas experimentan
las mismas reacciones. Una vez más, es importante entender que la gente experimenta
el duelo de diferentes formas y que el aparente nivel de aflicción no es el
reflejo del amor por el difunto.
A medida que los primeros síntomas del duelo se
aminoran, empiezan a emerger otras emociones. Debe recordarse que las emociones
no son ni buenas ni malas. Es más bien lo que hacemos con ellas lo que les da
una calidad moral (Catecismo de la Iglesia
Católica, 1767, 1773). El enojo y la rabia son reacciones comunes ante
el suicidio. A menudo el deudo siente enojo consigo mismo o con el difunto por
dejar a sus seres queridos con un legado de rechazo, traición, abandono y
sufrimiento extremo. La culpa puede dirigirse contra quienes estaban en
contacto con el difunto durante la época del suicidio, contra el sistema de
salud mental y contra la sociedad misma por estigmatizar las enfermedades
mentales y el suicidio. Pueden creer que el suicidio fue por rencor y tener
dificultad para confiar otra vez después de tal golpe. Para algunas personas el
rechazo confirma el sentimiento de que no son capaces de inspirar amor,
afectando posiblemente su sentido de autoestima y conduciéndolos a aislarse de los demás
para evitar el riesgo de ser heridos otra vez. Sin embargo, el aislamiento
impide que el deudo pida ayuda. Además de estar enojados con el difunto, pueden
simultáneamente extrañarlo y desearlo con una intensa tristeza y soledad. Al
reaccionar ante su incapacidad para hacer cambiar su situación, muchos
sobrevivientes experimentan sentimientos de impotencia y desamparo que pueden llevarlos a la impotencia y
desesperación. Esta última puede consumir la energía para ocuparse de lo que
les sucede a ellos mismos o a los demás y puede conducir a sentimientos
suicidas.
El enojo, incluso con el difunto, es una reacción
aceptable y comprensible. El enojo puede ser parte del proceso de curación y
negar este sentimiento legítimo debido a un temor erróneo de que de algún modo
está mal, solo retardará la curación. En realidad, la debida expresión y
aceptación de los sentimientos de enojo facilitan la curación. Hablar con
alguien comprensivo e imparcial, salir a caminar o correr, golpear una almohada
o levantar pesas, llevar un diario de sus sentimientos, escribir (pero no
enviar) cartas a aquellos contra quienes
se dirige el enojo, (el difunto, Dios u otras personas), son todas formas productivas
de sobrellevar el enojo. Sostenga una conversación honesta con Dios acerca de
estos sentimientos, sabiendo que su amor incondicional curará el enojo y le
ayudará en la tarea del perdón.
Eliminar el sentido natural de alivio que
experimentamos cuando nos despojamos de una fuente de tensión, como una
relación tensa o un sufrimiento prolongado, puede ser tanto una fuente de culpa
como el medio por el que un sobreviviente del suicidio se castiga a sí mismo
por la responsabilidad que asume por la muerte. Los sentimientos de culpa también
pueden despertarse por reír, pasar un buen rato o simplemente estar vivos
mientras el ser querido está muerto. Además, algunos sobrevivientes quedan atrapados
entre pesadillas y recuerdos, especialmente si presenciaron el suceso o
encontraron al ser querido.
Puede que eviten tanto personas como lugares que
les recuerden el suicidio, o revivan las imágenes en su mente una y otra vez.
Los sobrevivientes del suicidio son más propensos a desarrollar depresión e incluso
a suicidarse. Más aún, las relaciones familiares pueden sufrir mucho cuando no
se resuelve el duelo. Es importante no ignorar estos sentimientos o negarse a
sí mismos la libertad del duelo. Puede ser esencial el apoyo adicional para curarse y asegurarse de que no surgirán más
problemas.
Finalmente, algunas personas pueden sentir cierto estigma con respecto al
suicidio, mismo que surge de la preocupación de que otros puedan, de algún
modo, verlas a ellas o al difunto como censurables o imperfectos. Los
sentimientos de humillación, vergüenza y un deseo de esconder la verdadera
naturaleza de la muerte pueden causar distanciamiento de los sobrevivientes para evitar preguntas difíciles o lo que
ellos consideran una desaprobación. La investigación policíaca puede exacerbar
sentimientos de vergüenza. Aunque la vergüenza no es una reacción rara, puede
obstaculizar la capacidad de enfrentarse con sentimientos subyacentes y atrapar
a sus víctimas en su vergüenza y aislamiento. Las personas que no han tenido la
experiencia de perder a un ser querido por suicidio, a menudo no saben cómo actuar y pueden sentirse
simplemente inadecuadas intentando evitar palabras que puedan causar dolor. Su evasión, silencio e incomodidad pueden enviar inadvertidamente
un mensaje de culpa por el suicidio. Un grupo de apoyo al duelo para
sobrevivientes del suicidio puede ser de gran ayuda para lidiar con estas
percepciones erróneas. Si no dispone de nada localmente, existen grupos a los
que se puede acceder vía Internet, como GROWW (www.groww.org/Branches/sos.htm).
(En España se cuenta con algunos medios
como el teléfono de la Esperanza, o en algunas ciudades con Centros de Escucha
que están avalados y dirigidos por los religiosos Camilos, entre otros). Si
el sufrimiento físico y emocional se vuelve continuo, busque la ayuda de un
médico o de los servicios de salud mental, en el mejor de los casos de alguien
que comparta su misma perspectiva de la fe. Los pensamientos de autodestrucción
requieren ayuda inmediata de un médico o un hospital.
A veces la ayuda a corto
plazo es suficiente para llevarnos a sobrevivir la parte más difícil de la
crisis. La terapia familiar o de pareja también puede ser de mucha ayuda si las
relaciones se han deteriorado por la culpa o el aislamiento.
Desafortunadamente, no existe un programa de
duelo y cada persona posee su propio tiempo para el proceso de duelo. Algunos sobrevivientes
esperan que el primer aniversario de la muerte de su ser querido les conceda la
clausura de su duelo. Aunque se trata de un acontecimiento importante, rara vez
marca el final del duelo. Si el primer año se pasa principalmente en letargo
emocional, el segundo año traerá más sufrimiento.
Aunque un suicidio nunca se olvida por completo, inevitablemente el tiempo
alivia la intensidad del sufrimiento y permite al sobreviviente seguir con su
vida de manera saludable. Es esencial la paciencia amable con uno mismo y con
otros que pueden seguir experimentando dificultades. Probablemente vendrán los
“buenos días” que algunos sobrevivientes han descrito como las “vacaciones” del
duelo. Los recuerdos de los seres queridos, que una vez estuvieron dominados
por el suicidio, darán paso gradualmente a recuerdos de la plenitud y bondad de la vida del ser querido que
murió.

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